¿Es posible predicar la verdad del Evangelio incluso habiendo caído en el pecado? En esta reflexión valiente y sincera, se responde desde una perspectiva católica al escándalo mediático que pretende desacreditar a un periodista por su pasado. Con claridad doctrinal y profundidad espiritual, nos recuerda que la verdad de Cristo no depende de la perfección de quienes la anuncian, sino de la gracia que transforma incluso las heridas más profundas en camino de salvación.
El espectro progresista ha estallado recientemente en redes sociales; ello a raíz de que un conocido periodista conservador, supuestamente, habría tenido un encuentro cercano con un varón que se autopercibe mujer. Es llamativo que el mismo sector ideológico que dice “mujer no se nace, mujer se hace”, luego afirman la pretendida homosexualidad de este periodista, injustamente calumniado, porque habría besado a un hombre. Pero el punto que hoy deseaba resaltar es otro, y más porque en este ataque mediático atroz, también se involucró a otra periodista a quien he admirado por mucho tiempo. La cuestión es que, más allá de si efectivamente tal o cual persona estuvo con alguien de su mismo sexo, deberíamos pensar si la vida privada es algo que se deba estar explotando retóricamente en la discusión pública.
Por un instante supongamos que efectivamente todos los que hablamos de Dios y su reino, efectivamente tengamos caídas en los pecados de la carne. El mensaje de Cristo no cambia por nuestras caídas. Su verdad no se relativiza por nuestras flaquezas, ni su amor se extingue por nuestras tentaciones. Y por eso, aunque un católico caiga en el pecado —incluso en el pecado de la práctica homosexual—, la Verdad sigue siendo Verdad. Su mensaje no queda invalidado por nuestros errores. Porque no se trata de nosotros, sino de Él.
El católico no anuncia el Evangelio porque sea perfecto, sino porque ha sido tocado por la gracia. No predicamos porque seamos irreprochables, sino porque sabemos que hemos sido redimidos por Cristo. La Iglesia está compuesta por pecadores en camino de conversión, no por santos inmaculados desde el nacimiento. Todos, absolutamente todos, llevamos el peso de una naturaleza herida por el pecado original y por nuestras elecciones desordenadas. Nadie escapa a la necesidad de gracia, perdón y redención. La atracción homosexual, como cualquier otra inclinación que no esté ordenada al plan de Dios para el amor humano, es una realidad que puede presentarse en la vida de muchas personas. La Iglesia, como madre, acoge a todos sus hijos con amor y verdad, recordándoles que la tentación no es pecado, y que incluso cuando uno cae, existe el camino del arrepentimiento, la confesión y la conversión. Lo importante no es si hemos caído, sino si deseamos levantarnos.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que las personas con atracción por el mismo sexo deben ser tratadas con respeto, compasión y delicadeza (n. 2358). También enseña, con igual claridad, que los actos homosexuales son desordenados, porque cierran el acto sexual al don de la vida y no proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera (n. 2357). Pero lo esencial aquí es que la Iglesia nunca define a una persona por sus tentaciones, sino por su dignidad como hijo de Dios. La experiencia cristiana implica una batalla interior. San Pablo decía: “Hago el mal que no quiero, y no hago el bien que quiero” (Rom 7,19). Esa lucha entre la carne y el espíritu, entre la tendencia al pecado y el deseo de santidad, es una constante en toda vida cristiana. Un hombre que lucha con la atracción por personas del mismo sexo y que, incluso en momentos, puede caer, no queda separado del Cuerpo de Cristo por el simple hecho de esa batalla. Al contrario, su lucha sostenida en gracia puede ser camino de purificación, humildad y unión con Cristo crucificado.
En la cultura contemporánea, marcada por el eslogan “lo personal es político”, todo aspecto de la vida humana —deseos, elecciones, heridas— se convierte en bandera ideológica. Pero el cristiano no vive así. Son los enemigos de Cristo los que, a falta de argumentos, deben meterse con la vida privada de las personas; son ellos los que desean desde el Poder Político normalizar lo que el cristiano entiende que es un mal, aunque el mismo cristiano caiga en ese mal. Es, para que se entienda, como si yo padeciera de sobrepeso y deseara que los jóvenes lleven una vida más sana; justamente por mis caídas es que pretendo que otros no pasen por mi mal. Para el discípulo de Cristo, lo personal es sagrado, porque pertenece al ámbito de la conciencia, del misterio del alma, del diálogo interior con Dios. Por eso no podemos permitir que nuestras caídas o inclinaciones se transformen en banderas políticas o identitarias. No somos nuestras heridas, no somos nuestras tentaciones, no somos nuestros pecados. Somos hijos de Dios llamados a la santidad. Nadie es “un homosexual católico”, ni “un lujurioso católico”, ni “un alcohólico católico”. Uno es católico, punto. Todo lo demás es parte del proceso de purificación, no de identidad última.
El error de muchos movimientos contemporáneos es absolutizar lo fragmentario; tomar una inclinación y hacer de ella una identidad política, pedir reconocimiento público, e incluso exigir que la Iglesia modifique su doctrina para convalidar una vivencia subjetiva. Pero esto es olvidar que Cristo no vino a darnos una aprobación psicológica, sino una redención completa. El Evangelio no es autoafirmación, sino conversión. El pecado original ha dejado su huella en todos. Nadie está completo sin Cristo. Todos somos mendigos de gracia. El católico que lucha con la homosexualidad no es más pecador que el que lucha con la soberbia, la fornicación, la avaricia o la lujuria heterosexual. Todos estamos rotos, pero todos somos invitados a la plenitud en Cristo. Lo esencial no es no tener heridas, sino no idolatrarlas. Lo importante no es tener una vida ordenada, sino desear que Cristo la ordene. Y por eso, si uno cae en pecado, debe levantarse, no justificarse. Si uno tropieza, debe mirar al cielo, no a la política.
La verdad de Cristo no depende de la conducta de los cristianos. Si así fuera, el Evangelio habría dejado de ser válido hace siglos. El pecado de Pedro no anuló la primacía que Cristo le dio; la traición de Judas no empañó la santidad del Maestro. La Iglesia no es santa porque sus miembros sean perfectos, sino porque Cristo, su cabeza, es santo. Y su mensaje sigue siendo el mismo: “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Por eso, incluso si un católico peca gravemente, la verdad que anuncia permanece inalterable. Lo que está en juego no es su ejemplaridad, sino su fidelidad. Incluso desde el fango puede decirse la verdad. Incluso desde la caída puede proclamarse que Cristo salva. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Señor (2 Cor 4,5).
El cristiano si un día cae, su testimonio no se borra. Si un día tropieza, Cristo no lo abandona. Lo importante es no justificar la caída, no declararla virtud, no convertirla en ideología. Porque una vez que uno comienza a justificar el pecado, ya no lo combate, y entonces el alma se endurece. La verdadera humildad es reconocer la verdad de la doctrina incluso cuando uno no logra vivirla perfectamente.
La Iglesia no necesita católicos perfectos. Necesita pecadores que no justifiquen su pecado y santos que sepan que antes de serlo, fueron rescatados del fango. Por eso, aunque pequemos, y a veces profundamente, el mensaje no cambia; Cristo ha resucitado, y ha venido a salvarnos. A todos. A ti también.