Francia atraviesa una alarmante ola de ataques contra la fe católica, evidenciando que la laicidad ya no actúa como principio de neutralidad, sino como una ideología que margina lo sagrado. La irrupción de activistas en plena misa y los recientes incendios en iglesias parisinas confirman que la religión ha sido desplazada del ámbito público y sus símbolos desacralizados. Estos hechos no son aislados: son el resultado de un sistema que tolera —y en ocasiones legitima— la hostilidad contra el cristianismo, en nombre de una modernidad que ha reemplazado a Dios por la razón autónoma y al bien común por la voluntad de protesta.
El laicismo, tal como lo conocemos y padecemos hoy, no es un mero concepto neutral de separación entre Iglesia y Estado. Es, en su raíz, una herencia ideológica de la Revolución Francesa, un eco persistente de aquel tumulto que, en su afán de derribar el Antiguo Régimen, también intentó extirpar la fe de la vida pública y, en última instancia, del corazón del hombre. La pretensión de aquella revolución no era simplemente reformar el gobierno, sino crear un nuevo orden social y moral fundado en la Razón como única divinidad y en la voluntad popular como fuente suprema de la ley. En este proyecto titánico, la Iglesia Católica era el principal obstáculo por cuanto cuerpo místico del Dios Verdadero.
La expropiación de bienes eclesiásticos, la Constitución Civil del Clero y, en última instancia, la persecución abierta de sacerdotes y religiosos, no eran medidas económicas o políticas aisladas. Eran un intento de sustituir a Dios por el Estado y a la revelación por la razón autónoma. Se buscaba despojar a la sociedad de su alma, de su fundamento metafísico, para construir un nuevo hombre cuya única lealtad fuera a la República y a sus principios abstractos de “libertad, igualdad y fraternidad”, vaciados de su sentido cristiano original.
Este laicismo revolucionario, que se extendió por Europa y América como un virus intelectual, sentó las bases para una visión del mundo en la que la fe es relegada al ámbito de lo privado, de lo irracional, de lo meramente subjetivo. Se nos ha enseñado a aceptar la fe como una “opinión” entre otras, desprovista de toda pretensión de verdad objetiva y universal. Esta descalificación de la fe como conocimiento ha sido el arma más eficaz para marginarla. El laicismo, en su forma más radical, no es un árbitro neutral que garantiza la coexistencia de todas las creencias; es una ideología que promueve activamente el agnosticismo y el ateísmo, presentando la irreligión como el signo de la modernidad y la madurez intelectual.
Las consecuencias de este proyecto son las que hoy vivimos con dolor. Literalmente hay una persecución constante a la Fe católica y el sistema lo tolera, si es que no es cómplice. Véase lo acontecido en Francia recientemente. El 26 de julio de 2025, alrededor de las 18:50, cinco activistas propalestinos interrumpieron la misa en la iglesia de la Madeleine, ubicada en el distrito VIII de París. El incidente ocurrió durante la comunión, cuando los activistas entraron con kefias e imágenes de víctimas de Gaza, coreando consignas y leyendo un texto para pedir el fin de las hostilidades. El párroco, monseñor Patrick Chauvet, intervino para que fueran desalojados.El 23 y 24 de julio de 2025, se registraron dos incendios en un lapso de 24 horas en la iglesia de Notre-Dame-des-Champs, ubicada en el distrito VI de París.
Aunque la causa del primer incendio aún no se ha determinado, el segundo fue confirmado como criminal. Un sospechoso, que ya tenía antecedentes por actos similares, fue arrestado.
Estos incidentes se suman a un patrón de hostilidad contra lugares de culto en Francia, con más de 800 actos anticristianos reportados en 2023.
A raíz de estos incidentes, es crucial comprender que no son hechos aislados, sino síntomas de un cambio más profundo en la sociedad francesa. La laicidad a la francesa, interpretada de manera agresiva, ha marginado al catolicismo de la esfera pública, contribuyendo a la desacralización de sus símbolos y lugares de culto.
El incidente de la iglesia de la Madeleine, donde activistas irrumpieron durante la misa, es un claro ejemplo de esta desacralización. Lo que antes era un espacio sagrado, se percibe ahora como un escenario para protestas políticas. De manera similar, los incendios en Notre-Dame-des-Champs evidencian una falta de respeto por la santidad de estos lugares, viéndolos como objetivos para actos vandálicos.
Esta hostilidad se extiende también al ámbito cultural y mediático, donde el cristianismo a menudo es caricaturizado y ridiculizado. La reacción en redes sociales a los incidentes muestra una profunda división en la sociedad: mientras unos denuncian la falta de respeto, otros la justifican en nombre de la libertad de expresión, revelando que lo sagrado ha dejado de ser un valor compartido para convertirse en un terreno de conflicto.
Ante esta situación, la respuesta católica debe ser doble:
Espiritual: A través de la oración y la reparación.
Social: Reafirmando el carácter sagrado del catolicismo, especialmente a través de una sólida educación en la fe y una liturgia digna que transmita la importancia de la religión en la sociedad.
Estos acontecimientos nos invitan a reflexionar sobre la importancia de defender la fe y su papel fundamental en la construcción de una sociedad con valores comunes y respeto por lo sagrado.