En los últimos dos años, Alemania ha sido testigo de miles de delitos cometidos contra iglesias y cementerios; tal como se observa, no sólo el ataque espiritual del Sínodo de la Sinodalidad afecta la Fe, sino también los ataques materiales de grupos vandálicos. Así lo revela un estudio de la Agencia Católica de Prensa (KNA), difundido por Katholisch.de y retomado por InfoCatólica. Aunque las estadísticas no muestran un aumento descomunal respecto de años anteriores, las pérdidas son enormes y el daño más profundo lo sufren las comunidades parroquiales, que ven cómo sus templos y cementerios son profanados una y otra vez.
Los ejemplos son muchos. Un caso paradigmático es el de Berlín-Tempelhof, en 2024, que fueron robadas 22 tabletas electrónicas de la sala de ensayos de una iglesia. En Baden-Wurtemberg, una mujer irrumpió en la sacristía de una parroquia y se llevó cálices de oro, cruces relicarios, copones y otros objetos sagrados valorados en 15.000 euros. En el cementerio de Dannstadt-Schernheim (Renania-Palatinado), unos desconocidos sustrajeron adornos de bronce de sesenta tumbas y 120 placas de bronce de las paredes de las urnas, causando daños que superan con creces las seis cifras. Casos similares también se han repetido en Mutterstadt y Schifferstadt.
Las iglesias y cementerios se han convertido en blanco habitual de ladrones y vándalos lamentablemente. La policía confirma que en los últimos dos años se han registrado varios miles de estos delitos en todo el país. El coste económico es alto, pero el coste espiritual es aún mayor. Desde el arzobispado de Colonia señalan que siempre han existido robos, pero que hoy se percibe un “aumento revelador de la ignorancia y la falta de respeto hacia los edificios y los objetos sagrados”.
Los motivos de estos actos no siempre están claros, aunque la policía reconoce que en la mayoría de los robos se repite un patrón en torno a la búsqueda de dinero rápido. Muchos templos guardan objetos litúrgicos de gran valor, tales como cálices, candelabros o cruces, que luego acaban en manos de chatarreros o anticuarios. También se ha vuelto frecuente el robo de obras de arte sacro. En Baviera, por ejemplo, desapareció en 2023 un pectoral que había pertenecido a Benedicto XVI y que él mismo había donado a la parroquia de San Oswaldo en Traunstein (en aquel trágico episodio, aunque se detuvo al ladrón, el objeto nunca se recuperó).
El vandalismo más ruin tampoco está ausente. Se encuentra el caso de Baja Sajonia, donde un hombre llegó a orinar en las entradas de varias iglesias, obligando incluso al cierre temporal de algunas de ellas. Casos como este muestran un desprecio abierto por lo sagrado de la Fe Católica.
Según la policía de Baviera, tras el descenso de incidentes durante la pandemia, los delitos han vuelto a crecer con fuerza. Se entiendo que además ha cambiado el objetivo de los ladrones por cuanto ya casi no se roban imágenes de santos o representaciones religiosas, porque tienen poca salida en el mercado negro, lo que ahora buscan son directamente los objetos de valor por su material.
Estos hechos son un síntoma evidente de la descristianización acelerada que sufre Alemania. Las respuestas que la jerarquía intenta dar a través del “Camino Sinodal” se muestran totalmente ineficaces, porque no tocan el verdadero problema que es la pérdida de la fe. La única salida real no está en reformas superficiales ni en negociaciones con el espíritu progresista, sino en una auténtica conversión de esas tierras, firme y arraigada en la Tradición de la Iglesia. Todo lo demás conduce a un callejón sin salida que tal como se ve hoy, es evidente que la Fe ya no importa en una nación totalmente desarraigada del Credo.