La masacre en Benue revela el martirio cotidiano que viven los católicos en Nigeria: templos arrasados, sacerdotes perseguidos y fieles asesinados, mientras el gobierno encubre a los verdugos y el mundo calla.
El 11 de agosto de 2025, la parroquia católica de San Pablo en Aye-Twar, estado de Benue (Nigeria), fue reducida a cenizas tras un ataque nocturno de una milicia fulani. Los atacantes irrumpieron gritando “Alá Akbar”, incendiaron la iglesia, la casa parroquial, la secretaría y las 26 misiones asociadas. Hasta los vehículos de las misiones fueron destruidos y se calcula la pérdida de bienes en varios millones de nairas (unos 4.000 a 5.000 euros).
Ortom Okuma, uno de los fieles, narró a TruthNigeria cómo el terror se apoderó de su comunidad: “La iglesia que construimos con el sudor de nuestra frente ha desaparecido. Lo único que dejaron fueron cenizas. Profanaron el altar, rompieron el crucifijo, quemaron las bancas y destruyeron todo lo que recordaba a nuestra fe”.
El párroco, Padre Benjamin Versue, fue aún más contundente: “La casa parroquial que construí con mis bienes fue incendiada. Nos expulsaron de nuestras tierras ancestrales. Y mientras tanto, el ejército nigeriano nos desarma, dejándonos indefensos frente a nuestros verdugos”. Denunció incluso que los invasores fulani reciben logística e inteligencia del propio personal militar, masacrando civiles indefensos mientras duermen.
La Asociación de Sacerdotes Católicos de Nigeria (NCDPA) confirmó que los atacantes operan desde el vecino estado de Taraba, en aldeas conocidas por las autoridades. En un comunicado acusaron directamente al gobierno de complicidad y hablaron sin rodeos de un genocidio contra los cristianos, desmontando la versión oficial que intenta reducir todo a un “conflicto entre agricultores y ganaderos”. Apenas un día después, el 12 de agosto, otra aldea católica fue atacada. En Ukpiam, 18 yihadistas fulani armados irrumpieron al anochecer matando a Kelvin Ekeh, farmacéutico local, y a Francis Nomsoor. El cadáver de un anciano, Baba Iorhemba Ikpanju, apareció a la mañana siguiente. Estos asesinatos siguieron a otros ocurridos el 24 y 27 de julio, cuando tres agricultores cristianos fueron ejecutados, entre ellos Gabriel Vendafan, que fue decapitado y mutilado.
Nigeria sigue siendo escenario de un martirio cotidiano: cada año, más de un millar de cristianos son asesinados, mientras el mundo occidental guarda silencio. La situación muestra que los ataques no son contra una “idea abstracta de religión”, sino contra la Iglesia de Cristo que es la Iglesia Católica. Los invasores saben a quién deben destruir para borrar la fe verdadera de esas tierras. Ante tal barbarie, vale recordar cómo los antepasados supieron responder al avance islámico con las Cruzadas, cuando Europa despertó de su indiferencia y defendió la fe con la espada en una mano y la cruz en la otra. Hoy, los mártires de Nigeria marcan que ya no se puede seguir tolerando pasivamente el genocidio; sin la firmeza de aquellos que entendieron que la fe también exige defensa el cristianismo perecerá. La Iglesia está siendo atacada, y lo que ocurre en Benue expone cómo la Cristiandad no puede sobrevivir sin hombres dispuestos a luchar, en cuerpo y alma, por Jesucristo.